El pasado no tiene que ser presente


Tu madre se casó de negro porque había muerto mi tía materna y tenía que mantener el luto. El vestido blanco se quedó doblado en la cómoda de la alcoba, al lado de los zapatos de charol y del velo de tres metros. En la foto no sonreía. No sonreímos ninguno de los dos. A los nueve meses nació tu primera hermana y, a la semana de parir, ya estaba en el campo cogiendo fruta y trabajando como una más. La niña dormía en la cucaña, si lloraba mucho, tu madre le acercaba el pezón agrietado y le daba de mamar. Apretaba los labios para aguantar el dolor y se secaba el sudor con el dorso de la mano. Llegaba cansada a la cuartería, como yo, pero ella sacaba fuerzas para preparar la comida, fregar los platos y lavar la ropa en la misma pileta que usábamos para asearnos.  No se quejaba cuando rozaba mi cuerpo al suyo para que me diera placer. Durante el día no recuerdo mostrarle mi cariño. Yo oía a otros hombres como trataban a sus mujeres, y para mí eso era lo correcto. Salía los domingos a misa con otras vecinas. Era su única distracción. Tenía que ir con un pañuelo en la cabeza, con medias tupidas y no podía mirar a otros hombres.  Ella y sus amigas no se atrevían a hablar con desconocidos. Todas ellas trabajaban como aparceras y no recibían un sueldo por las horas que pasaban en las tierras o empaquetando tomates. Eran invisibles en los papeles de los contratos. Sus nombres no existían ni se reconocían sus derechos. Supongo que, por las noches, la tristeza y los sueños se mezclaban con la oscuridad.
Así vivíamos antes. Así vivió tu madre y todas las madres que hoy son abuelas y que caminan con el dolor del esfuerzo en el cuerpo. No dejes que a ti te ocurra. No aceptes otra vida que no seas la que tú quieres y te mereces. Sigue mirando adelante, alzando la voz para que siempre se te escuche. Tienes motivos de sobra para no detenerte en el empeño, Habrá batallas que serán imposible desde un principio. Te darás cuenta. En otras, la mayoría, resistirás hasta el final.

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