Una década de abrazos

En una habitación del Materno, hace diez años, Pablo me dio su primer abrazo. Me llama su mamá postiza. He perdido la cuenta de los abrazos que me ha dado desde que nació. No creo que sea necesario contabilizarlos. Todos los días me estruja una o dos veces. Cuando no hay abrazo, enreda su dedo índice en uno de mis rizos. El jueves pasado llegó de su viaje de fin de curso y me colgó en el cuello el mensaje: “Te he echado de menos”. Como madre postiza me ha dado muchas alegrías y me he retorcido de dolor cuando ha estado malo. Me confiesa cualquier anécdota que le sucede, sin más, esperando un veredicto positivo o negativo. Hay algo entre nosotros, no sé de dónde sale, que se activa desde que nos miramos a los ojos. Está atento a cualquier expresión de mi cara para adivinar si estoy volando, descalza, o tumbada en el suelo. Dice que solo me pongo seria cuando estoy escribiendo. Estará en lo cierto, supongo, porque los niños tienen un sensor para descubrir la verdad. Una década puede verse como la suma de diez años que ya se han vivido, pero cuando han estado marcados por abrazos inocentes, guardan una magnitud inexplicable, de la que nadie ha conseguido escribir. Estoy segura. Y más cuando compruebas que el valor de los me gusta ficticios cotizan al alza.

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