Huele a fiesta


Octubre huele a fiesta. Rebobino el pasado y veo imágenes en blanco y negro. Estrenábamos ropa y los zapatos brillaban porque eran completamente nuevos. Muchos vecinos, demasiados vecinos, paseaban por la única calle principal que tenía el pueblo. En el bolsillo guardábamos 25 pesetas para comprar una sorpresa de las vendía el feriante que se colocaba en la acera de la plaza. Tentábamos a la suerte eligiendo el paquete más grande. La suerte se ponía a nuestro favor y nos daba lo que buscábamos: una gominola que mordíamos poco a poco para que no se acabara el sabor dulce de esos días. Aprovechábamos cada risa y la colocábamos dentro de nosotros. El bar que había en la esquina olía a carne frita y al azufre de los aparceros que bebían ron para olvidar el cansancio. La fe estaba intacta y seguíamos al patrón en la procesión porque creíamos que detrás de él encontraríamos la llave maestra para abrir la puerta de todos nuestros deseos. Aprendíamos del viento a valorar lo poco que teníamos. Y allí, entre esas imágenes, el cielo, las nubes y las estrellas, estaban más cerca y podíamos tocarlas con las yemas de los dedos. Huele a fiesta. Este año no tengo que cerrar los ojos para verla en blanco y negro. 

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