La prueba

No le he dicho nada a mi mujer. He buscado excusas para que no se dé cuenta de que lo estoy pasando mal. Ella tiene bastante con atender a nuestros hijos, el trabajo y el cuidado de su madre que lleva dos años con Alzheimer. El día que me hice la prueba le dije que, como habían cambiado el programa informático en la empresa, tenía que adelantar el trabajo acumulado. Llegué dolorido a casa, pero lo camuflé por un cansancio, y me fui a la cama a llorar y a relajarme. Hoy no sabe que estoy aquí. Al jefe le dije que necesitaba unas horas para realizar unos trámites en el Juzgado. La señora que está a mi lado parece nerviosa. Se muerde las uñas y no para de abrir y cerrar el Iphone. La chica que entró hace unos segundos me sonrió, intentado buscar conversación conmigo. Piensa que una sala de espera puede ser el lugar adecuado para conocer gente. Bajé la cabeza, apaciguando los nervios, y tragándome el olor del ambientador a jazmín que tengo arriba de la cabeza. La enfermera acaba de salir con el listado de pacientes y el próximo en entrar seré yo. Seguro que ella ya sabe si mi vida va a cambiar. Seguro. Cuando los diagnósticos son graves los médicos se lo comentan a las enfermeras, lamentándose de lo efímera que es la vida. El señor que estaba dentro de la consulta ya se marcha. Me toca a mí. El médico me saluda educadamente desde que me ve entrar por la puerta. Lo hará con todos los pacientes. Me repite varias veces el resultado del diagnóstico. La cuarta vez que lo hace, es cuando reacciono. Llamo a mi mujer desde que cierro la puerta de la consulta. Ella también me contesta que me quiere mucho. La invito a cenar para celebrarlo. 

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