La amistad

En el colegio nos convertíamos en amigas de sangre. Nos pinchábamos con un alfiler en el dedo y uníamos las yemas para perpetuar la amistad. Poco queda de esas amigas. Un saludo en la cola del supermercado, coincidencias en una sala de espera y alguna pregunta averiguando lo que pasó. Con los años te vas haciendo sabia y olfateas las amistades desde que ponen el pie en la puerta de entrada. El lenguaje no verbal dice mucho. A veces te equivocas, como puede ocurrir al tomar otra decisión de las que has estudiado todas las probabilidades antes de arriesgarte. Otras veces aciertas, sintiéndote afortunada.
Aparece una persona, te cose un sueño que habías etiquetado como imposible, te espera al otro lado de una locura y se atreve a bailar descalza, con sol o con lluvia. Aparece y no es necesario que esté todos los días para saber que vendrá cuando necesitas una sopa caliente porque llevas tres días en cama.Estará para empujarte a corregir lo que tienes que cambiar, mucho halago tampoco es bueno. El tiempo nos va desvelando nuestras propias leyes sobre la amistad y echando por tierra las universales que nos contaron como verdaderas. Conozco las mías y están escritas en un contrato que no se negocia.
No hace falta pincharte en el dedo para asegurar a la persona que tienes delante y realizar una promesa que solo termina siendo una mentira en futuro. Los principios con una herida nunca fueron una buena idea. Es mejor empezar con una mano que te cure y te soporte. Lo ideal que sea por ambas partes. Funciona. Lo sé.

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