El vuelo

Cerró los ojos cuando el avión comenzó a despegar. La señora que tenía al lado ocupaba parte de su asiento. Tenía un olor raro, rancio y agrio.  Se sentía aprisionada y creía que le faltaba el aire. Puso sus manos en su regazo e intentó relajarse durante el trayecto. Le esperaba un vuelo complicado. La primavera estaba a punto de empezar, pero ella viajaba a un país en el que el invierno todavía estaba presente

Hacía unas semanas había estado mirando fotos de la ciudad en la que iba a pasar casi una semana. Calles largas y aparentemente silenciosas; ríos congelados y casas bajas con techos a dos aguas. Llegó a acercarse a la pantalla del ordenador para tocar lo que veía porque no se creía las imágenes que había mostrado Google al poner su destino. No parecían reales. En una libreta fue apuntando los datos que iba encontrando: monumentos importantes, parques y museos. Tomó nota de los horarios y conexiones de trenes. Siempre que viajaba le gustaba buscar información para no perderse nada y para no sentirse agobiada en lugares desconocidos. Todas esas imágenes pasaban por sus pensamientos mientras intentaba quedarse dormida durante el vuelo y anular la presión que sentía en su asiento.

El pilotó la despertó de su ensoñación al anunciar que estaban a punto de aterrizar. La señora que tenía al lado dormía sobre su hombro. Estaba agarrada a ella como si fuera un salvavidas. Tuvo que moverla para quitársela de encima. La señora, con la boca pastosa balbuceó algo, pero ella no entendió lo que dijo. El estómago se le revolvió. A la señora le escurría el sudor en la frente, tenía el pelo apelmazado y el olor a rancio que recibió de ella al principio del vuelo era ahora más intenso. Estaba deseando bajarse del avión. Cuando la señora se levantó a buscar su maleta del compartimiento superior, estuvo a punto de preguntarle si viajaba por placer o si lo hacía para visitar algún familiar. Todos viajamos por algún motivo, pensó. Pero la señora era muy mayor para viajar sola y con aquel aspecto abandonado. Igual estaba allí para protegerla durante el vuelo. Se marchó sin decirle adiós. Sintió alivio cuando se bajó del avión y el frío congeló sus cachetes. Por fin podía respirar. Llegaba a una ciudad que no era la suya para vivir una nueva experiencia.

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